No importa cuánto tiempo pase desde la última polémica, cuánto evolucione —o involucione, quién sabe— nuestra sociedad, cuántos expertos desvinculen conceptos, ni a cuántos periodistas cierre la boca Quentin Tarantino de malas maneras; el arte, en cualquiera de sus formas, y la violencia, continúan siendo dos indeseables e, incluso, peligrosos compañeros de cama para ciertos sectores de la opinión pública.
La polémica en torno a las hipotéticas —por no decir infundadas— consecuencias negativas